CIUDAD DEL ESTE (Realidad fatídica por Carlos Roa) «Qué ironía…!! hace un mes no había 150 mil guaraníes para sus pastillas, pero hoy hasta sobró para la comilona y los mariachis.» El murmullo del vecino cortó el aire pesado de la funeraria como un cuchillo. Y era la pura verdad. Don Ernesto pasó sus últimos meses partiendo sus pastillas para la presión por la mitad. Quería que le rindieran..
Cada vez que llamaba a sus hijos, la respuesta era un eco cansado:
—“Ahora mismo no puedo, papá, estamos muy justos. La otra quincena sin falta te apoyamos.”
Ernesto nunca reclamó.
Se tapaba con su cobija gastada, se tomaba un té de manzanilla para engañar el frío y esperaba esa «otra quincena» que nunca llegó.
Pero el martes, el corazón de Ernesto no aguantó más la espera.
Y de repente, ocurrió un milagro macabro: el dinero apareció de la nada.
Sus hijos, los que «andaban justos», sacaron las tarjetas de crédito sin pensarlo.
Compraron un ataúd de madera caoba de 6 millones de guaraníes.
Mandaron traer tres coronas gigantes de rosas blancas que costaban más que el tratamiento médico de todo un año.
Contrataron un mariachi para que cantara a todo pulmón.
Incluso pagaron un banquete de café y comida para decenas de invitados.
En 48 horas reventaron el dinero que le negaron a su padre durante tres años de enfermedad.
Ahí, viéndolos llorar abrazados a la caja de madera fina, todos los presentes entendieron la estafa de los funerales de lujo.
No estaban honrando a su padre.
Estaban comprando anestesia para su propia culpa.
LA VERDAD BRUTAL:
Nuestra cultura padece de una enfermedad emocional muy cruel: somos tacaños con los vivos y millonarios con los muertos.
Le compramos coronas al que ya no puede olerlas, intentando tapar la vergüenza de no haberle dado tiempo cuando todavía respiraba.
No te engañes. Gastar una fortuna en la caja de tus padres no te hace un buen hijo, solo te hace un deudor intentando pagar demasiado tarde.
El amor de verdad se demuestra en vida, en la fila de la farmacia y en la silla del hospital.
Porque a los muertos no les importan los ataúdes caros… pero a los vivos sí les duele el abandono. Y es consecuencia de hijos e hijas y parientes cercanos, no llegar a su lecho y por lo menos tratar de decirle, como estas, que necesitas en que puedo ayudarte, eso también es un santo remedio para las emociones mentales que uno vive en el lecho de la dolencias y que nadie le da la posibilidad de mirarle a la cara, esbozarle una sonrisa o por lo menos acariciarle la frente y decirle “ya vas a salir de esto papá.. mamá.. tía abuela o quien fuere”
