OCTUBRE DE TERROR

VIDAS DESCARTABLES ??.. LA ESPIRAL DE VIOLENCIA QUE DEVORA AL PAÍS

CIUDAD DEL ESTE (Realidad fatídica por Carlos Roa) Pareciera que el calendario retrocedió dos milenios. Que el Paraguay de este siglo XXI ha vuelto, de pronto y sin previo aviso, a las épocas más oscuras del Imperio Romano, donde la existencia misma no valía nada y los individuos eran tratados como objetos descartables. En aquel tiempo, las personas se reducían a simples cifras en el inventario de los poderosos: números de esclavos, mano de obra reemplazable o vidas prescindibles que se extinguían al capricho de un amo, por una disputa cotidiana o bajo el pretexto del «honor». La muerte era un hecho rutinario y desprovisto de toda piedad. Hoy, en nuestras calles y dentro de nuestros propios hogares, la vida de un paraguayo parece haber alcanzado el mismo nivel de insignificancia. En apenas dos semanas de este mes de octubre, la escalada de violencia familiar, pasional y cotidiana ha dejado al descubierto un tejido social roto, anestesiado y cada vez más salvaje. No estamos hablando de frías estadísticas; se trata de una crueldad sin freno que se cuela en el ámbito más íntimo, allí donde se suponía que debían habitar la protección y el afecto.

Deisy Paola Giménez Segovia (22), asesinada en Lambaré a pesar de haber denunciado repetidamente las amenazas y el desacato de su agresor.

Las mujeres continúan cayendo bajo la furia ciega y violenta. El caso de Deisy Paola Giménez, acribillada a balazos en plena vía pública en Lambaré pese a contar con órdenes de restricción y haber denunciado desatenciones estatales apenas horas antes, conmocionó al país y dejó al desnudo la incapacidad del sistema para proteger a las víctimas. Pero la sangría no se detuvo allí. En Limpio, Rosi Ramona Pinho Gire (63) se debate entre la vida y la muerte en el Hospital de Trauma tras recibir cerca de 14 puñaladas a manos de su concubino, salvada de milagro únicamente por la oportuna intervención de su hijo.

Carla Burati (38), hallada sin vida en su vivienda en Katueté. Su pareja envió un macabro mensaje confesando el hecho antes de darse a la fuga.

En Katueté, Carla Burati fue hallada muerta sobre su cama con múltiples heridas de arma blanca, mientras su agresor le escribía un escalofriante mensaje a la suegra confesando el crimen y pidiendo que abrieran la puerta porque «estaba arrepentido». En Capiatá, la Fiscalía debió intervenir tras la detención de Damián Bayu, quien atacó ferozmente a su expareja María Belén Campuzano (27). En Ypané, agentes policiales arrestaron al suboficial superior Alcides Franco (54), denunciado por agredir físicamente a su pareja y disparar un arma de fuego a centímetros de su cuerpo.

Rosi Ramona Pinho Gire (63), sobreviviente de un brutal ataque en Limpio, permanece en recuperación en el Hospital de Trauma tras recibir múltiples estocadas

A este escenario de terror se le suman episodios donde la irresponsabilidad y la falta de control con las armas siegan vidas jóvenes de forma absurda, como la tragedia en el asentamiento La Victoria de Nueva Asunción, donde la joven Araceli Rodríguez Matto (18) falleció tras recibir un disparo de rifle .22 en la cabeza mientras su sobrino de 14 años manipulaba el arma. O dramas complejos de violencia extrema y prolongada como el de San Alberto, donde Karina Custodio (29) terminó con la vida de su pareja de 50 años en un hecho que la Justicia investiga como un desesperado acto de legítima defensa tras soportar un historial de brutales golpizas.

Karina Custodio (29) se entregó a las autoridades con severas marcas de golpes en el cuerpo, reabriendo el debate sobre las víctimas que reaccionan ante el riesgo inminente de muerte.

Sin embargo, mirar esta crisis únicamente por el prisma de un solo género sería recortar la dimensión real de la tragedia humana que atravesamos. La degradación de la vida y el desprecio por la existencia también se encarnan en el abandono y la invisibilización que sufren los hombres en nuestra sociedad.

Existen hombres que desaparecen en el silencio absoluto y por quienes nadie pregunta. Cuerpos sin nombre que flotan en los ríos o yacen en matorrales sin que nadie reporte su ausencia ni busque respuestas. Resulta espeluznante y profundamente sintomático lo ocurrido recientemente en Presidente Franco, donde se encontró el cadáver de un hombre junto a su motocicleta tras estar desaparecido desde el Año Nuevo: ¿es concebible que durante diez meses nadie haya buscado, nadie haya olió ni reclamado la presencia de un ser humano en descomposición a pasos de la cotidianeidad? Es el reflejo brutal de una comunidad donde si no estás, a nadie le importa; donde el varón no identificado se convierte en un fantasma, en un cadáver invisible que no le duele a la estructura social.

No se trata de competir por cuál dolor pesa más ni de otorgar privilegios de víctimas a un género sobre otro. Se trata de gritar con fuerza que la vida humana —sea de una mujer o de un hombre— ha perdido su valor sagrado en el Paraguay. Nos hemos acostumbrado al titular sangriento de la tarde, al mensaje de texto del femicida, al tiro amedrentador al costado del cuerpo, al hallazgo del desaparecido casi un año después.

Hemos convertido la convivencia en un coliseo a cielo abierto donde la violencia es la primera y última respuesta, y donde la existencia de un ciudadano vale cada vez menos. Si la sociedad y el Estado no reaccionan para devolverle la dignidad y la protección sagrada a cada persona, la barbarie ya no será la excepción, sino nuestra triste y cotidiana manera de vivir.

 

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