CIUDAD DEL ESTE (Salud por Esteban Ross) Cuando una persona consume una bebida energética, la enorme cantidad de cafeína entra al cerebro y bloquea la adenosina, que es la sustancia responsable de avisarle al cuerpo que necesita descansar. Al no poder detectar el cansancio, la mente interpreta este bloqueo como una señal de emergencia y libera adrenalina de forma inmediata. Como consecuencia de este estado de alerta artificial, el corazón comienza a latir con fuerza, la presión arterial se eleva, las pupilas se dilatan y las manos empiezan a temblar. Esa sensación que muchos jóvenes llaman «energía» no es más que el organismo reaccionando como si estuviera ante un peligro real.
A este efecto se le suma el impacto destructivo del azúcar masivo que contienen estas latas, el cual suele superar las doce cucharadas por porción. Este ingrediente ingresa de golpe al torrente sanguíneo y obliga al páncreas a liberar grandes dosis de insulina para intentar compensarlo. Sin embargo, apenas una hora después, el nivel de glucosa en sangre cae bruscamente por debajo de su punto inicial, desencadenando un fuerte bajón de energía, irritabilidad y un cansancio acumulado aún mayor. Ante esta repentina debilidad, la reacción más común de los chicos es buscar otra lata, cayendo directamente en un ciclo vicioso.
En el cuerpo de los adolescentes, cuyo desarrollo aún no se ha completado, este proceso resulta mucho más agresivo y destructivo que en un adulto. Una sola lata de medio litro supera con frecuencia el límite diario de cafeína recomendado para su edad, lo que puede provocarles cuadros de ansiedad, insomnio, severos dolores de cabeza y palpitaciones peligrosas. Por este motivo, las sociedades de pediatría aconsejan mantener estas bebidas totalmente fuera del alcance de los menores de dieciocho años, e incluso diversos países ya han comenzado a prohibir su venta legal a este sector de la población.
Los riesgos aumentan drásticamente cuando estas bebidas se combinan con el consumo de alcohol o durante la práctica de actividades físicas bajo el calor. La cafeína enmascara los efectos del alcohol y genera una falsa sensación de sobriedad que lleva a los jóvenes a tomar en exceso y cometer imprudencias. Del mismo modo, al hacer ejercicio con el corazón ya acelerado, la carga extra de adrenalina y la deshidratación aumentan las probabilidades de sufrir arritmias graves. Hablar con los hijos sobre esto es crucial para que entiendan que esa supuesta energía es solo un préstamo costoso que el cuerpo terminará cobrando.

