CIUDAD DEL ESTE (Ciencia por Carlos Roa) Durante las primeras semanas de gestación, cuando el cuerpo humano es apenas del tamaño de una semilla, el corazón ya comienza a latir con total autonomía. En ese preciso momento del desarrollo embrionario ni siquiera se ha formado un cerebro capaz de enviar señales o dar órdenes sobre cómo funcionar. Esto ocurre porque el tejido cardíaco posee un generador eléctrico propio y exclusivo que le permite crear su propia chispa para mantenerse en constante movimiento. Las células especializadas del órgano se organizan de tal manera que logran latir por sí mismas sin necesidad de recibir ningún tipo de instrucción externa.
A medida que el tiempo avanza y el organismo continúa su crecimiento, el sistema nervioso interviene únicamente para cumplir una función moderadora en el cuerpo. Su rol principal se asemeja al de un director de orquesta que acelera o frena el ritmo según las necesidades físicas de cada momento. Si la persona necesita correr, dormir o reaccionar ante un susto, los nervios ajustan la velocidad pero jamás crean el impulso inicial del latido. Esta maravillosa independencia demuestra que el corazón funciona como una unidad totalmente autónoma desde el comienzo mismo de la vida humana.
La magnitud del trabajo que realiza este órgano resulta verdaderamente impresionante al analizar las cifras que registra de manera constante cada día. Con más de cien mil latidos diarios y miles de litros de sangre bombeados, su resistencia supera cualquier expectativa biológica conocida en medicina. Incluso se ha comprobado en laboratorios que, al aislar células cardíacas con los nutrientes adecuados, estas continúan latiendo por su propia cuenta durante un tiempo prolongado. Esta capacidad única abre el camino para que la ciencia actual investigue nuevas formas de reparar tejidos dañados mediante la medicina regenerativa.
