NACIONALES (Realidades por Esteban Ross) El repudio generalizado que despertaron los dichos del presidente brasileño en tierras paraguayas reflejó el profundo malestar que aún provoca cualquier intento de minimizar o relativizar una de las mayores tragedias de nuestra historia americana. Sin embargo, la respuesta institucional estuvo marcada por una marcada cautela diplomática que contrastó fuertemente con el enojo popular expresado en las calles y en los espacios de debate. Las gestiones iniciales para exigir explicaciones formales se transformaron rápidamente en un ejercicio de aceptación pasiva, conformándose con las aclaraciones superficiales emitidas por la embajada extranjera. Quedó instalada la evidente sensación de que el Gobierno nacional carecía de la voluntad política necesaria para profundizar el reclamo y enfrentar al poderoso vecino con la firmeza que el asunto ameritaba. De este modo, un conflicto que debió servir para replantear las asimetrías bilaterales terminó archivado bajo la alfombra de la conveniencia geopolítica y la diplomacia de baja intensidad.
Por su parte, la postura de Brasil dejó en claro que la sensibilidad histórica del pueblo paraguayo ocupa un lugar secundario en su agenda exterior, resolviendo el entuerto con un par de minutos de declaraciones protocolares. Con la misma facilidad de siempre, el histórico reclamo por la restitución de los trofeos de guerra —testigos silenciosos del saqueo y del genocidio— volvió a quedar postergado en el olvido institucional. En el característico lenguaje popular que resume la frustración colectiva, la situación se tradujo en un clásico eñecalma lopi, donde todo se discute en apariencia pero nada cambia en la práctica real. La asimetría en la relación bilateral se reprodujo una vez más, demostrando que las excusas diplomáticas sirven con frecuencia para apagar fuegos temporales sin resolver los problemas de fondo. Las explicaciones fueron aceptadas formalmente por las autoridades locales, mientras la estructura de poder regional se aseguró de que las cosas siguieran exactamente igual que antes.
A pesar de la resignación con la que los gobiernos suelen administrar estos episodios, el episodio deja una lectura sumamente clara respecto a la vigencia de nuestra identidad y nuestra memoria colectiva. Queda demostrado de manera indiscutible que las heridas del pasado continúan abiertas, latentes y listas para doler cada vez que un gobernante extranjero de turno reabre el debate con desidia. La dignidad del pueblo paraguayo sobrevive intacta muy a pesar de la tibieza de sus representantes y de las ofensivas expresiones que llegan desde el otro lado de la frontera. Mantener viva la memoria histórica no es un capricho nostálgico, sino la única herramienta disponible para evitar que el olvido institucional termine legitimando las injusticias del pasado. Mientras las nuevas generaciones sigan recordando y exigiendo verdad, ningún acuerdo diplomático superficial logrará borrar el peso de la historia ni acallar el orgullo de una nación que se niega a rendir su dignidad.
