YO SÉ QUE TE PERDÍ, PERO EN MIS OJOS CONTINÚA LLOVIENDO

EL VERDADERO AMOR Y LA MUERTE

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CIUDAD DEL ESTE (reflexión, por Carlos Roa) Esta es una historia extraída de la red, para graficar sobre la vida, la muerte y los vínculos familiares. También sobre el sufrimiento de una pérdida y como sobrellevar el dolor. La narra comienza así: “Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana, mi mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno, sufrió un infarto y cayó. Mi padre la levantó como pudo y, casi a rastras, la subió a la camioneta. A toda velocidad, sin respetar semáforos, la condujo hasta el hospital. Cuando llegó, por desgracia, ya había fallecido. Durante el sepelio, mi padre no habló; su mirada estaba perdida. Casi no lloró. Esa noche, sus hijos nos reunimos con él. En un ambiente de dolor y nostalgia, recordamos hermosas anécdotas y él pidió a mi hermano, teólogo, que le dijera dónde estaría mamá en ese momento. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, y de conjeturas de cómo y dónde estaría ella.

 

Mi padre escuchaba con atención. De pronto pidió que lo lleváramos al cementerio. “¡Papá!”, respondimos, “¡son las 11 de la noche, no podemos ir al cementerio ahora!”. Alzó la voz, y con una mirada vidriosa dijo: “No discutan conmigo, por favor, no discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años” y fue la madre que los trajo al mundo. Se produjo un momento de respetuoso silencio, no discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador. Con una linterna llegamos a la tumba de mi padre. Mi padre acarició el sarcófago, oró y nos dijo a sus hijos, que veíamos la escena conmovidos:

“Fueron 55 años… ¿saben? Nadie puede hablar del amor verdadero, si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer”. Hizo una pausa, y se secó los ojos, porque veíamos que el grifo de sus ojos estaba abierto. Y lo escuchamos decir, yo sé que te perdí, pero en mis ojos continúa lloviendo. “Ella y yo, estuvimos juntos en aquella crisis. Cambié de empleo…”, continuó. “Hicimos el equipaje cuando vendimos la casa y nos mudamos de ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos crecer y terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de los seres queridos, oramos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad, y perdonamos nuestros errores… Hijos, ahora se ha ido, y estoy contento, ¿saben por qué?

Porque se fue antes que yo. Ella no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo tanto, que no me hubiera gustado que sufriera…”. Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado en lágrimas. Lo abrazamos, y él nos consoló: “Todo está bien, podemos irnos a casa; ha sido un buen día”. Esa noche entendí lo que es el verdadero amor; no tiene que ver demasiado con el erotismo, ni con el sexo, más bien se vincula al trabajo, al complemento, al cuidado y, sobre todo, al verdadero amor que se profesan dos personas realmente comprometidas”.

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